Prólogo de la Nueva Antología Personal
El Indostán atribuye sus grandes libros a la labor de comunidades, a personajes de los mismos libros, a dioses, a héroes o, simplemente, al Tiempo. Tales atribuciones son, por supuesto, meras evasiones o juegos; no así la última. Nadie puede compilar una antología que sea mucho más que un museo de sus "símpatías y diferencias", pero el Tiempo acaba por editar antologías admirables. Lo que un hombre no puede hacer, las generaciones lo hacen. Los infolios de Calderón dejan de abrumarnos y perduran los límpidos tercetos del Anónimo Sevillano; nueve o diez páginas de Coleridge borran la gloriosa obra de Byron (y el resto de la obra de Coleridge). No hay antología cronológica que no empiece bien y no acabe mal; el Tiempo ha compilado el principio y el doctor Menéndez y Pelayo el fin.Sospecho que un autor debe intervenir lo menos posible en la elaboración de su obra. Debe tratar de ser un amanuense del Espíritu o de la Musa (ambas palabras son sinónimas), no de sus opiniones, que son lo más superficial que hay en él. Así lo entendió Rudyard Kipling, el más ilustre de los escritores comprometidos. A un escritor -nos dijo- le está dado inventar una fábula, pero no la moralidad de esa fábula.
Ojalá las páginas que he elegido prosigan su intrincado destino en la conciencia del lector. Mis temas habituales están en ellas: la perplejidad metafísica, los muertos que perduran en mí, la germanística, el lenguaje, la patria, la paradójica suerte de los poetas.
J. L. B.
Buenos Aires, 1967
Ojalá las páginas que he elegido prosigan su intrincado destino en la conciencia del lector. Mis temas habituales están en ellas: la perplejidad metafísica, los muertos que perduran en mí, la germanística, el lenguaje, la patria, la paradójica suerte de los poetas.
J. L. B.
Buenos Aires, 1967

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