miércoles, abril 04, 2007

El arte medieval es espontáneamente, incurablemente, simbólico. Conviene recordar esta circunstancia para apreciar lo excepcional y asombroso de un arte realista como el de las sagas, que corresponde a la observación imparcial. Pinta con lucidez y probidad un mundo que para nosotros es bárbaro y que era bárbaro. Este realismo admite lo sobrenatural, por la suficiente razón de que los narradores y los oyentes creían en fantasmas y en magias. Así, en la Saga de Njal se lee:

"La segunda noche, las espadas saltaron de las vainas en las naves de Brodir y hachas y lanzas volaron por el aire y pelearon. Las armas persiguieron a los hombres. Éstos quisieron defenderse con los escudos, pero muchos fueron heridos y un hombre murió en cada nave."

Este signo se vió en las embarcaciones del apóstata Brodir, antes de la batalla que lo deshizo; un episodio análogo figura en uno de los cuentos de Grimm. Un muchacho posee un garrote mágico que, a la voz de su amo, sale de la bolsa en que está encerrado y distribuye golpes.
Los personajes de las sagas no son totalmente malos o buenos; no hay monstruos del bien o del mal. No prevalecen fatalmente los buenos ni son derrotados los malos. Hay, como en la realidad, coincidencias, dibujos simétricos del azar. Hay incertidumbres verosímiles; el narrador dice:

"Unos cuentan las cosas de esta manera, otros de otra..."

Si un personaje miente, el texto no nos dice que miente; después lo comprendemos.