Los fundadores de Islandia eran exiliados; distrajeron sus ocios con juegos atléticos y su nostalgia por las tradiciones de su raza. Inventaron un deporte singular, que no se ha dado en el resto del mundo -la riña de potros, que peleaban a patadas y dentelladas, a la vista de las yeguas- y produjeron una vasta literatura, en verso y en prosa. A diferencia de lo que pasó en reinos de Inglaterra y de Alemania, la nueva fe cristiana no enemistó a los hombres con la antigua. Ésta fué siempre parte de su nostalgia.

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