Muy enfermo, estaba traduciendo al anglosajón el Evangelio de San Juan. El amanuense le dijo: "Falta un capítulo". Beda le dictó la traducción; luego el amanuense dijo: "Falta una línea, pero estás muy cansado". Beda le dictó esa línea; el amanuense dijo: "Ahora ya está concluído." "Sí, está concluído", dijo Beda, y poco después había muerto. Es hermoso pensar que murió traduciendo -es decir, cumpliendo la menos vanidosa y la más abnegada de las tareas literarias- y traduciendo del griego o del latín al sajón, que con el tiempo sería el vasto idioma inglés.

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