viernes, octubre 27, 2006
A fines del siglo IX, Harald Harfagr (Harald del hermoso cabello), régulo de uno de los treinta cantones en que estaba dividida Noruega, quiso tomar por esposa a la hija de otro pequeño rey. Ella le dijo que no se casaría con él hasta que él no hubiera hecho de Noruega un solo reino. Harald juró no cortarse el pelo ni peinarse hasta haber sometido todos los reinos y al cabo de diez años de guerras no quedó en Noruega otro rey y Harald recordó su juramento -escribe Snorri Sturluson- y mandó que uno de sus condes le cortara el pelo y fué apodado Harald Harfagr y se casó con la ambiciosa muchacha. Harald tuvo, por lo demás, otras mujeres, porque la poligamia era privilegio de las casas reales de Escandinavia.
jueves, octubre 19, 2006
Literatura Escandinava
De las antiguas literaturas germánicas la más compleja y rica es incomparablemente la escandinava. Lo que al principio se escribió en Inglaterra o en Alemania vale porque prefigura, o porque imaginamos que prefigura, lo que se escribiría después; la fama de Milton ayuda a la fama de Cynewulf y el Cantar de los Nibelungos anuncia a Wagner. En cambio, la antigua literatura nórdica vale por cuenta propia; quienes la estudian pueden prescindir de la evocación de Ibsen o de Strindberg. Esta literatura se produjo en Islandia, principalmente; conviene conocer las razones históricas que hicieron de esta isla remota, la Última Thule de los romanos, en el centro de una cultura.
martes, octubre 17, 2006
"Tomó el libro inglés que hizo Beda; (1) otro tomó en lengua latina que hicieron San Albino y San Agustín, que nos trajo el bautismo; un tercero tomó y lo puso en el medio, obra de un clérigo francés llamado Wace, que bien sabía escribir y que se lo dió a la noble Leonor, reina del alto Enrique. Layamon abrió esos tres libros y volvió las hojas; con amor los miró -¡Sea Dios misericordioso con él!- y tomó la pluma entre los dedos y escribió en pergamino y ordenó las justas palabras y de los tres libros hizo uno. Ahora ruega Layamon, por amor de Dios Todopoderoso, que quienes lean este libro y aprendan las verdades que enseña, recen por el alma de su padre, que lo engendró, y por el alma de su madre, que lo dió a luz, y por su alma, para que ésta sea más buena. Amén."
Es curioso que para Layamon, último poeta inglés de lengua sajona, los celtas que Arturo capitaneó sean los verdaderos ingleses, y los sajones, enemigos aborrecibles. El espíritu bélico del Beowulf y de la balada de Maldon renace de asombrosa manera en los versos de este sacerdote.
(1): Layamon se refiere a la versión anglosajona de la Historia Eclesiástica que Alfredo el Grande mandó hacer para uso de sus súbditos. El rey hizo asimismo traducir al anglosajón el Consuelo por la Filosofía, de Boecio, y donde reza el original: "¿Donde estarán los huesos de Fabricio?", puso: "¿Dónde estarán los huesos de Weland?" La versión anglosajona del Consuelo omite las partes que tratan de la predestinación y de la eternidad, sin duda demasiado abstrusas para los lectores.
Es curioso que para Layamon, último poeta inglés de lengua sajona, los celtas que Arturo capitaneó sean los verdaderos ingleses, y los sajones, enemigos aborrecibles. El espíritu bélico del Beowulf y de la balada de Maldon renace de asombrosa manera en los versos de este sacerdote.
(1): Layamon se refiere a la versión anglosajona de la Historia Eclesiástica que Alfredo el Grande mandó hacer para uso de sus súbditos. El rey hizo asimismo traducir al anglosajón el Consuelo por la Filosofía, de Boecio, y donde reza el original: "¿Donde estarán los huesos de Fabricio?", puso: "¿Dónde estarán los huesos de Weland?" La versión anglosajona del Consuelo omite las partes que tratan de la predestinación y de la eternidad, sin duda demasiado abstrusas para los lectores.
sábado, octubre 14, 2006
Layamon, último poeta sajón
La poesía germánica de Inglaterra desapareció poco antes de la Conquista y extrañamente resurgió a principios del siglo XIII, por obra de Layamon, sacerdote inglés. Éste compuso el Brut, poema de 30,000 versos irregulares, que cantan las batallas de los britanos, y singularmente de Arturo de la Tabla Redonda, "rey que ha sido y será", contra los pictos, los noruegos y los sajones. Reza el exordio, redactado en tercera persona: "Hubo en el reino un sacerdote llamado Layamon; era hijo de Leovenath, a quien tenga Dios en su gloria, y vivía en Ernley, en una noble iglesia a orillas del Severn, donde era bueno estar. Dió en el pensamiento de referir las hazañas de los ingleses; cómo se llamaban y de dónde vinieron y quiénes arribaron a esta tierra inglesa después del diluvio. Layamon viajó por el reino y consiguió los nobles libros que fueron su modelo".
miércoles, octubre 11, 2006
Hemos citado algunas curiosidades de la Historia Eclesiástica, pero la impresión general que deja el volumen es de serenidad y sensatez. La extravagancia parece corresponder a la época, no al individuo. "Casi todas las obras de Beda -ha escrito Stopford Brooke- son estudiosos epítomes, de gran erudición, de escasa originalidad, pero saturados de claridad y mansedumbre". Sus obras fueron libros de texto de la escuela de York, a la que concurrieron estudiantes de Francia, de Alemania, de Irlanda y de Italia.
lunes, octubre 09, 2006
Beda refiere también la historia de un hombre a quien un ángel le dió a leer un libro minúsculo y blanco en el que estaban registrados sus buenos actos -que eran pocos-, y un demonio un libro horrible y negro, "de tamaño descomunal y de peso casi intolerable", en el que estaban registrados sus crímenes, y aun sus malos pensamientos.
sábado, octubre 07, 2006
La segunda visión es la de un hombre de Nortumbria, llamado Drycthelm. Éste había muerto y resucitó y refirió (después de dar todo su dinero a los pobres) que un hombre de cara resplandeciente lo condujo a un valle infinito y que a la izquierda había tempestades de fuego y, a la derecha, de granizo y de nieve. "No estás aún en el infierno", le dice el ángel. Después, ve muchas esferas de fuego negro que suben de un abismo y que caen. Después, ve demonios que se ríen porque arrastran al fondo de ese abismo las almas de un clérigo, de un lego y de una mujer. Después, ve un muro de infinita extensión y de infinita altura y, más allá, una gran pradera florida con asambleas de gente vestida de blanco. "No estás aún en el cielo", le dice el ángel. Cuando Drycthelm va descendiendo por el valle, atraviesa una región tan oscura que sólo ve el traje del ángel que lo precede. Beda, al contar la escena, intercala un verso del sexto libro de la Eneida:
(Ibant obscuri) sola sub nocte per umbram.
Un ligero error -Beda no escribe umbram, sino umbras- prueba que la cita ha sido hecha de memoria y, por ende, la familiaridad del historiador sajón con Virgilio. En el texto hay otras reminiscencias virgilianas.
(Ibant obscuri) sola sub nocte per umbram.
Un ligero error -Beda no escribe umbram, sino umbras- prueba que la cita ha sido hecha de memoria y, por ende, la familiaridad del historiador sajón con Virgilio. En el texto hay otras reminiscencias virgilianas.
martes, octubre 03, 2006
Beda, en su Historia Eclesiástica, narra la conversión de Edwin, el sueño de Caedmon, y recoge dos visiones ultraterrenas.
La primera es la visión de Fursa, monje irlandés que había convertido a muchos sajones. Fursa vió el infierno: una hondura llena de fuego. El fuego no lo quema; un ángel le explica: "No te quemará el fuego que no encendiste". Los demonios lo acusan de haber robado la ropa de un pecador que agonizaba. En el purgatorio, los demonios arrojan contra él un ánima en llamas. Ésta le quema el rostro y un hombro. El ángel le dice: "Ahora te quema el fuego que encendiste. En la tierra tomaste la ropa de ese pecador; ahora su castigo te alcanza". Fursa, hasta el día de su muerte, llevó en el mentón y en un hombro los estigmas del fuego de su visión.
La primera es la visión de Fursa, monje irlandés que había convertido a muchos sajones. Fursa vió el infierno: una hondura llena de fuego. El fuego no lo quema; un ángel le explica: "No te quemará el fuego que no encendiste". Los demonios lo acusan de haber robado la ropa de un pecador que agonizaba. En el purgatorio, los demonios arrojan contra él un ánima en llamas. Ésta le quema el rostro y un hombro. El ángel le dice: "Ahora te quema el fuego que encendiste. En la tierra tomaste la ropa de ese pecador; ahora su castigo te alcanza". Fursa, hasta el día de su muerte, llevó en el mentón y en un hombro los estigmas del fuego de su visión.









